martes, 15 de mayo de 2012

Elaborar un ensayo crítico sobre el tema, para entregar el miercoles 30 de Mayo es para el 3er.parcial, debe de reunir todos los requisitos establecidos, en computadora, para los grupos 208 entragar el jueves 31 de Mayo y el grupo 208 el miercoles 30 de Mayo. Tercer parcial


SISTEMAS DE GESTIÓN DE ARCHIVOS ELECTRÓNICOS



Dr. EDUARDO PEIS REDONDO

Facultad de Biblioteconomía y Documentación

Universidad de Granada





INTRODUCCIÓN: EL IMPACTO TECNOLÓGICO SOBRE LOS SISTEMAS DE GESTIÓN DE ARCHIVOS.




En la página introductoria de la Pittsburgh Electronic Records Project Homepage, se afirmaba que durante el año 2000 más del 75% de las transacciones de las oficinas federales estadounidenses se realizaron de forma exclusivamente electrónica (PERP, 2001).



A pesar de lo reiteradamente vaticinado, el papel sigue (y seguirá) existiendo, pero cada vez es mayor el volumen de actividades que se desarrollan en la red. La red funciona no sólo como un entramado digital para la difusión in­formativa, sino que constituye un "espacio" en el que nos comunicamos, enseñamos, jugamos, trabajamos, etc. Sobre este "espacio" se hacen negocios de gran volumen, los gobiernos reciben y proporcionan información a los ciudada­nos, los centros de formación imparten sus enseñanzas y se relacionan con los estudiantes, etc.



Todas estas actividades, que en su gran mayoría no siguen los cánones burocráticos tradicionales, producen "do­cumentos" que pueden ser reflejo de un instante, que pueden ser un conjunto de muchos documentos multimedia (¿puede ser un documento la "navegación" desarrollada en un momento determinado, buscando algo concreto?), que son modificables, que no tienen consistencia física (¿es el documento lo que vemos en pantalla o "salvamos" en el disco?).



Como en cualquier actividad humana, es necesario mantener testimonio de la ocurrencia de muchas de estas ac­ciones que, por otra parte, no se materializan en un soporte físicamente tangible: ¿es necesario hacer "registro" de la comunicación electrónica de la resolución de una convocatoria de plazas de profesorado?, ¿es importante conservar testimonio de los intercambios de información corporativa mediante el correo electrónico?.



La información corporativa ha cambiado desde las cartas y memorandums en papel a mensajes de correo electró­nico. Los informes, libros, folletos y publicaciones de las oficinas gubernamentales probablemente son ahora accesi­bles a través de websites. Una carpeta de archivos en un directorio compartido en la intranet de un organismo reem­plaza al fichero de correspondencia y sistemas de bases de datos relacionales sustituyen a formularios y ficheros de expedientes.



La información digital que conforma dichos mensajes de correo electrónico, sistemas de gestión de bases de datos, websites y otros sistemas de información tiene importancia más allá de las inmediatas necesidades de la organización que la crea y la mantiene. El cómo esta información sea creada, usada y comunicada en el curso de una transacción orgánica, proporciona testimonio muy útil (esencial) -un registro- de las actividades pasadas de dicho organismo. Por razones administrativas, legales, financieras, de responsabilidad en la gestión y culturales, estos registros son valiosos para el organismo, la administración como un todo y toda la comunidad.



En definitiva, la denominada "revolución de la información electrónica" (Bearman, 1992) ha cambiado radical­mente la forma en que trabajan la mayoría de las organizaciones. Los beneficios de los sistemas de información elec­trónica, como la mejora de la recuperación de información, la rapidez y el abaratamiento de la comunicación y la po­sibilidad de reusar la información, han cambiado la naturaleza de los métodos de trabajo en las organizaciones y si cambian los métodos de trabajo cambia el producto: el documento.



Respecto a la modificación de los métodos de trabajo, un aspecto a tener en cuenta es lo que Dollar (1992) deno­minó la “instantaneidad” que puede producir la tecnología de la información. Para él, la “instantaneidad” constriñe nuestro sentido del tiempo y la secuencia ordenada de acciones, de tal modo que los procesos entre la preparación y la conclusión de una actividad se condensan en el ámbito de una única acción. El hecho de que gran parte del proceso sea automatizado, sin intervención humana, refuerza la sensación de “instantaneidad” (Dollar, 1992, p. 43).



Un segundo factor de transformación del método de trabajo es el hecho de hasta qué punto la tecnología de la información ha ayudado a promover la descentralización organizativa. La descentralización promueve la colaboración y la difusión de la información sin límites de tiempo o espacio. Es lo que se ha denominado “espacio virtual de trabajo común” (Zuboff, 1988).



Por otra parte, la tecnología de la información proporciona al trabajador que opera en una estructura de tipo jerár­quico la posibilidad de comunicarse horizontalmente, fuera de los canales “normales”, y de desarrollar una actividad o cooperar sin la intervención de una autoridad jerárquicamente superior (Zuboff, 1988). Los actuales procedimientos archivísticos no se prestan fácilmente a la transmisión horizontal de documentos electrónicos (Dollar, 1992).



Es más, estas modificaciones implican la transformación, tanto de las relaciones entre el proveedor y el usuario del servicio, como de los recursos de información que están en el corazón de esta asociación (Kesner, 1998, p. 76). Los fi­cheros de datos, en sí mismos dejan de ser estáticos (algunos son creados “a demanda”, basándose en las necesidades de los usuarios o los proveedores de servicios).



Con relación a los productos, la cantidad y variedad morfológica de documentos disponibles aumenta constante­mente. Las cuestiones sobre qué debe ser considerado un “documento”, se están planteando desde hace años. La res­puesta es sumamente importante para concretar el impacto sobre los sistemas de gestión de archivos.



Para Schamber (1996, p. 669) un documento electrónico tiene una serie de características que lo diferencian del tradicional: es fácilmente manipulable, enlazable interna y externamente, rápidamente transformable, intrínseca­mente localizable, instantáneamente transportable e infinitamente replicable.



El documento electrónico no es una entidad física inerte, con la estructura lógica y las relaciones físicas interde­pendientes, como sucede con el documento tradicional. Las relaciones físicas y lógicas del documento electrónico pueden ser separadas y conservadas de modo recíprocamente independiente.



De hecho, el documento electrónico consta de una serie de señales digitales y, por lo tanto, tiene pocos o ninguno de los atributos físicos del documento tradicional. Los atributos físicos del documento electrónico, que incluirían la forma o el tipo de material cuando es visualizado en pantalla o impreso, son en gran medida una función del soft­ware y están separados del contenido informativo o del contexto del documento.



Las relaciones lógicas de un documento dependen de los atributos físicos y de otra información contextual que ge­nera el software (Dollar, 1992).



Todo esto, naturalmente, debe representar cambios fundamentales para los profesionales de los archivos y la ges­tión de documentos: nuevas prácticas de comunicación y nuevas formas de documentos, con características poco de­finidas; y la transformación del entorno relativamente estable de las organizaciones burocráticas y su reemplazo por un tipo de estructura organizativa apenas esbozada en estos momentos.



LAS CONSECUENCIAS.




El escenario dibujado anteriormente, naturalmente, no ha pasado inadvertido para los profesionales de los archi­vos y de la gestión de documentos. Durante las dos últimas décadas los archiveros se han enfrentado a los cambios que representa la tecnología electrónica.



Los primeros autores que abordaron el tema, ciñendo el análisis al producto, creyeron que los archiveros podrían aplicar la teoría y la práctica archivística tradicionales a los documentos en formato electrónico.

El impacto conceptual.




La diferencia esencial entre registros electrónicos y registros papel es que los primeros son únicamente cosas lógi­cas, mientras que los registros papel son normalmente concebidos como cosas físicas. Las cosas lógicas están asocia­das entre ellas mediante relaciones formales, definidas y lógicas, mientras que las propiedades de las cosas físicas es­tán asociadas entre ellas como objetos materiales con localizaciones, adheridos y marcas concretas. Los métodos ar­chivísticos y de gestión de documentos han sido desarrollados para manejar cosas físicas, lo que los ha limitado, y en algunos casos, simplificado. Las teorías archivísticas han sido desarrolladas para validar estas prácticas y, por lo tanto, están basadas en los supuestos inherentes a la gestión de las cosas físicas. Como consecuencia, los archiveros han elevado las respuestas pragmáticas a la naturaleza de las cosas físicas al nivel de ideología (Bearman, 1996).



La teoría y la práctica archivísticas se han fundamentado sobre los principios de orden original y de procedencia: la organización tradicional de los documentos de archivo en series debe mantenerse sin modificar desde la forma en que los creadores de registros lo hicieron. La importancia teórica de este presupuesto deriva de que el orden en que los sistemas de archivo retenían los registros físicos, condicionaba cómo podrían usarse en la oficina de origen y, por lo tanto, proporcionaban evidencia del desarrollo de los procesos administrativos que los crearon.



La organización y la descripción archivísticas tradicionalmente están centradas en conservar el contexto de los documentos y facilitar el acceso. Los archiveros distinguen entre organización física e intelectual. El primero forma una secuencia de grupos de fondos que es reflejado topográficamente. A pesar de que el ordenamiento físico facilita la recuperación, la mayoría de los archiveros, probablemente, estén de acuerdo con que es mucho más significativa la organización intelectual, ya que crea la conexión y la relación lógica entre documentos y fondos divididos.



La ordenación física de los documentos electrónicos es de escasa importancia, tanto para la conservación de datos relativos al contexto como para la recuperación de dicho documento. La organización intelectual o lógica, sin embargo, es absolutamente necesaria para la comprensión del documento electrónico y para la conservación de su contexto y su accesibilidad (Dollar, 1992).



En el contexto electrónico los métodos por los cuales la oficina creadora puede usar los registros no son un reflejo del almacenamiento físico, sino que son establecidos por las capacidades de los entornos software en los que se usan los registros. Estas funcionalidades software es probable que cambien con el tiempo. Las formas en que los registros son “archivados” dependen de los cometidos (o falta de cometidos) de los valores de los datos o de las conexiones estructurales definidas en las arquitecturas software.



La respuesta práctica para proporcionar control intelectual sobre grandes volúmenes de registros accesibles, en sistemas de gestión de documentos papel ha sido desarrollar la descripción colectiva jerárquica de agregados docu­mentales. Normalmente, los archiveros describen los registros una vez que han ingresado. Esto significa que ciertas cosas sobre los documentos tan sólo pueden conocerse a un nivel colectivo (procedencia, organización y localización física).



Los sistemas de acceso a los documentos de archivo, normalmente están basados sobre la oferta (Michelson y Ro­thenberg, 1992). No obstante, en la actualidad, los usuarios de los archivos ya no se contentan con examinar los instrumentos de descripción tradicionales, para “ver” si encuentran (o no) lo que buscan, desean obtener de manera eficiente la información pertinente en el momento de la búsqueda.



Una opción es la descripción a nivel de unidad. Sin embargo, la descripción a nivel de unidad no ha sido una práctica regular de la profesión archivística debido a los gastos de “capturar” los datos necesarios en un contexto pa­pel, no a que los archiveros no consideren esos datos valiosos para los investigadores (Bearman, 1996). Cuestión adi­cional es que en papel no hay una forma fácil de gestionar el acceso a materiales que por razones de seguridad, confi­dencialidad o privacidad, tan sólo pueden ser consultados por algunos, a veces y con algún contenido enmascarado. Como decíamos, en papel es muy difícil administrar el control de acceso sin un análisis a nivel de unidad.



Por otra parte, con el fin de afrontar el crecimiento incontrolado de los documentos en los años 40 y 50, los archi­veros desarrollaron una metodología sistemática para la valoración de documentos con “valor archivístico”. Esta metodología, que aplicaba los denominados “criterios de selección”, distinguía entre valor probatorio y valor infor­mativo del documento y los identificaba, entre otras cosas, con relación a la jerarquía administrativa que aseguraba tales valores (Duranti, 1994). La necesidad de valoración de los documentos informáticos en los años 70, puso de ma­nifiesto la necesidad de adaptar esta metodología a las nuevas circunstancias.



Dado que la mayoría de los sistemas informáticos de los años 70 y 80 empleaban un ciclo secuencial de trata­miento de la información, lo que permitía basar la valoración sobre el que se denominaba fichero principal o master file, que representaba el estado final de una elaboración de sistema. Si el resultado de la valoración recomendaba su selección se denominaba fichero histórico (Dollar, 1992).



El documento electrónico de los 90 viene a agravar estos problemas. No tiene sentido hablar de “fichero principal” al referirse al documento electrónico, ni siquiera tiene sentido referirse al ciclo de vida informativo, los conceptos de instantaneidad y multiplicidad, además de la continua variabilidad, hacen imposible aplicar los métodos tradiciona­les de valoración para identificar documentos electrónicos de valor permanente. El resultado, naturalmente, debe ser la necesidad de formular nuevos criterios de selección y la modificación de los focos de atención.



El impacto de la tecnología de la información obliga, también, a repensar y modificar la función de preservación como “conservación archivística permanente”. Con el tiempo, su significado ha variado desde la acción para propor­cionar estabilidad al contenido del documento hasta la “permanencia” del objeto físico (O’Toole, 1989).



Las estrategias de conservación tradicionales se fundan sobre la consideración de que, puesto que existe un so­porte físico que contiene la información, asegurando la conservación del soporte, se garantiza que la información está siendo conservada. Poner el acento sobre el soporte informativo ayuda bien poco a la conservación del documento electrónico.

La adaptación tecnológica.




El sistema informático de cualquier organismo, en sus capas administrativas, se puede considerar como un sis­tema de gestión electrónica de documentos. Los sistemas de gestión electrónica de documentos son cada vez más efectivos y posibilitan una gestión eficaz, pero tan sólo de aquellos documentos que han sido creados como tales.. Al­gunas características funcionales de estos sistemas (registro, acceso o recuperación) podrían coincidir con las necesi­dades de un sistema de gestión de archivos, pero un sistema de gestión de archivos debe permitir, además, como mí­nimo: determinar un documento como documento de archivo, administrar el cuadro de clasificación, controlar los periodos de retención y disposición...



La tendencia tecnológica actual, por lo menos en las empresas, es integrar las funcionalidades de un sistema de gestión de archivos en el sistema de gestión electrónica de documentos, bien utilizando aplicaciones diferentes o bien añadiendo funciones propias de la gestión de documentos de archivo (mediante módulos o adds-on) a sus sistemas.



Paradójicamente, la esencia de esta integración se basa en la posibilidad de que no sea necesaria la intervención de un profesional de archivo (sería el propio usuario, por ejemplo, el que crearía el "perfil" del documento y el que de­terminaría su declaración como registro), pero se construye sobre principios archivísticos tradicionales (cuadros de clasificación, calendarios de disposición, etc.).



Los sistemas de gestión de archivo actuales posibilitan una automatización muy rentable del sistema de archivo, de hecho algunos de ellos han sido diseñados por profesionales de los archivos, pero la gestión de aquellos registros electrónicos que desde un principio no han sido concebidos como tales puede resultar impracticable.



Lo cierto es que, tanto con los sistemas de gestión de archivo "tradicionales" como con los sistemas de gestión electrónica de documentos adaptados, de muchas de las actividades a las que aludíamos al comienzo de este trabajo es muy difícil mantener registro y, por otra parte, es muy complicado que estos sistemas integren los principios y prácticas archivísticas tradicionales y al mismo tiempo se enfrenten a estos "documentos". Y es que el impacto del ci­berespacio sobre los sistemas de gestión de archivos es y será enorme.



Tanto a nivel teórico como de herramientas tecnológicas, parece que existe un consenso sobre lo inadecuado de considerar las cuestiones archivísticas al final del ciclo de vida de la documentación. Para Hedstrom y Wallace (1999, p. 669): “la mayoría de los archiveros están ahora de acuerdo en que las cuestiones del acceso y la preservación futu­ras deben ser parte integral del diseño de las políticas y sistemas de información. En teoría, la gestión de documentos y archivos, que tradicionalmente ha sido tratada a posteriori, debe ser catapultada hacia las consideraciones previas de diseño de políticas, sistemas y aplicaciones.”



LA RESPUESTA.




Lo que es evidente es que es necesaria una respuesta que proporcione eficacia al tratamiento/gestión de los regis­tros electrónicos. En este sentido, muchos autores han expuesto la necesidad de "reinventar" los archivos, no sólo en cuanto a sus prácticas, también en su misma esencia. Esta "reinvención", además de basarse en la justificación por el objetivo y no por la función, en la práctica, necesariamente ha de fundamentarse en la intervención durante la fase de diseño de sistemas.

La estrategia conceptual.




Es necesario adoptar una postura de pensamiento estratégico en respuesta a la justificación profesional apoyada en los métodos. "Cuando a los archiveros se les pregunta sobre cuál es el propósito de los archivos, inevitablemente replican, en referencia a las cuatro categorías de la actividad archivística, que el propósito de los archivos es seleccio­nar, describir, conservar y proporcionar acceso a los registros. Pero estas características en sí mismas son reflejos de métodos más que propósitos fundamentales. Esta cuestión apoya las prácticas tradicionales, pero se basa en un enfo­que de «los métodos como justificación»" (Bearman, 1995, p. 389). El propio Bearman (1995, p. 391) propone justificar la actividad de los archiveros como la necesidad de "asegurar evidencia", evidencia que necesitan las personas para establecer sus identidades y cumplir con sus obligaciones sociales.

Importantes autores como Cook (1997), Cox (1996), Dollar (1992) o Hedstrom (1995), han comenzado a formular nuevas ideas. Influenciados por las ideas de David Bearman (1993, 1995, 1996) estos autores, en términos generales, argumentan que los archiveros debieran modificar su centro de atención, desde el contenido de un registro a su con­texto; desde el registro en sí mismo a la función de dicho registro; desde la preservación y acceso hacia la intervención en el proceso de creación. Se trataría de una nueva tendencia, una actitud estratégica, que algunos autores han denomi­nado (de forma poco rigurosa) el “nuevo paradigma” (Cook, 1994).



Como vemos, esta tendencia teórica además de fundamentarse en el contexto y el entorno funcional, tendería a magnificar la importancia de la valoración sobre el resto de funciones archivísticas y podría no incluir la custodia fí­sica de los nuevos registros, en cuyo caso los profesionales no necesitarían preservar, describir o proporcionar acceso en una institución archivística. En definitiva, lo que realmente es necesario, en opinión de estos autores, es plantear una estrategia.

REGISTRO ELECTRÓNICO COMO EVIDENCIA.




Este pensamiento estratégico ha de partir de una nueva conceptualización de registro. En este sentido, un registro debiera ser redefinido como algo con potencial de “evidencia” o capacidad de “registro”. Los registros electrónicos son sólo aquellos que presentan “evidencia” de transacciones. Los profesionales encargados de su gestión deberían centrarse en la “evidencia no en la información”.



Al comentar las conclusiones de un encuentro de trabajo sobre investigación en registros electrónicos celebrado en Pittsburgh, en 1997, Bearman y Trant (1997), sostienen que el consenso sobre el concepto de registro electrónico, puede incluir que:



1.                   Los registros son evidencia de transacciones (relaciones de actos), medios de acción e información sobre los actos.

2.                   Los registros son conocidos por sus metadatos. Los enfoques manuales han descubierto esto hace mucho tiempo.

3.                   Los metadatos ideales de los registros pueden ser definidos desde la compresión social del acto de regis­trar.

4.                   Cualquier registro concreto será un registro mejor/peor (mayor/menor riesgo) si tiene comple­tos/incompletos sus metadatos.

5.                   El metadato es sobre el contenido, contexto y estructura.



El "records continuum".




Al igual que el records managment se fundamenta sobre el concepto del “ciclo de vida de la documentación” (in­cluso la administración tradicional de archivos se ha basado en dicho concepto para categorizar las distintas instala­ciones de archivo), el marco de trabajo sobre el que se asienta este movimiento hacia la “reinvención” de los archivos (Bearman y Hedstrom, 1993), puede ser el modelo conocido como records continuum.



El modelo del records continuum está construido sobre la afirmación de que la gestión de el documento es un pro­ceso continuo desde el momento de creación. Los conceptos relativos a dicha gestión pertenecen a cuatro dimensiones que no son relativas a la edad de los registros sino que tienen que ver con el punto de vista del observador.
[Eje de Transaccionalidad]

Causa

Función

Propósito

[Eje de Responsabilidad]

Dominio

Organización

Competencia

[Eje de Gestión de Documentos / Archivo]

Archivo

Sistema de Gestión de Documentos

Registro

Información

Instrumento

Acto

[Eje de Evidencia]

Memoria Colectiva

Memoria Corporativa

Evidencia

Huella

DIMENSIÓN ACONTECIMIENTO

DIMENSIÓN DOCUMENTAL

DIMENSIÓN RIESGO

DIMENSIÓN SOCIAL

Elaboración propia. Fuente: Bearman, 1996a

Para estos autores, el modelo tradicional del ciclo de vida obliga a centrar la energía





profesional en tareas que los archiveros y los gestores de documentos desarrollan durante la vida del registro, pero estas tareas no proporcionan valor añadido al registro. Por otra parte, el tradicional “ciclo de vida”, sobre todo en el modelo norteamericano de gestión de docu­mentos, provoca una distinción fundamental entre las “vidas” pre-archivística y archivística de un registro, lo cual es una concepción errónea. En un records continuum un registro no pasa por distintas fases de vida, tiene distintas carac­terísticas teniendo en cuenta la dimensión en que se considere, como se puede observar en la figura siguiente (Upward, 1997):



En el modelo continuum, el registro comienza a existir en el momento de la transacción y requiere cuidados conti­nuos desde este momento hasta su disposición. El registro no pasa por distintas fases, presenta distintas característi­cas de gestión como reflejo de su vida en cuatro dimensiones:



·                   La primera dimensión, a la que le corresponde el nombre “Dimensión Acontecimiento”, consta del acto, la huella, el instrumento y la información. En esta dimensión, la transacción aún no ha ocurrido.



·                   La segunda dimensión, la “Dimensión Documental”, se caracteriza por cuatro atributos: el acto inicial o causa de la transacción administrativa; la huella se convierte en evidencia; el instrumento se transforma en com­petencia; el dato llega a ser el registro. En esta dimensión, el acto es atestiguado por el sistema y la transacción se convierte en evidencia.



·                   La tercera dimensión, la “Dimensión Riesgo”, se caracteriza por la función, la memoria corporativa, la orga­nización y el sistema de gestión de documentos. En esta dimensión, el registro es valorado por la organización y, en consecuencia, conservado o destruido.



·                   La cuarta o “Dimensión Social”, tiene los atributos de propósito, memoria colectiva, dominio y archivo. En esta dimensión la sociedad proporciona sentido y forma institucional a sus registros.



Los atributos se relacionan entre sí siguiendo los radios o ejes, que han sido denominados: eje de evidencia (huella, evidencia, memoria corporativa, memoria colectiva); eje de transaccionalidad (acto, causa, función, propósito); eje de responsabilidad  (instrumento, competencia, organización, dominio); y el eje de gestión de documentos/archivo (dato, registro, sistema de gestión, archivo).



El records continuum es un marco conceptual y pedagógico que puede ayudar a reunificar la gestión de documen­tos y el archivo mediante su propio objetivo, el acontecimiento documentado. En este sentido, puede dar apoyo a la cuestión del control de los registros y aborda dicho control desde el mismo momento de su creación, en el contexto del acontecimiento que da lugar al registro y sobre la organización o persona cuya actividad está documentando. Este modelo sitúa, igualmente, las tareas de gestión de documentos y archivísticas, desarrolladas por cualquier organiza­ción, en el contexto de la sociedad como un todo y de la evidencia de un acto. Mediante sus variadas dimensiones, proporciona una visión nueva de la naturaleza de la actividad de gestión de documentos/archivo y sus propósitos sociales (Bearman, 1996).

LOS OBJETIVOS.




De acuerdo con el objetivo general de asegurar evidencia, Bearman (1995) propone como objetivos específicos, ne­cesarios para conseguir aquel, los de: crear evidencia, identificar evidencia, documentar actividad, mantener eviden­cia y posibilitar uso.



Crear evidencia




El equipo de estudio sobre registros electrónicos de la Universidad de Pittsburgh, en sus “Functional Requirements for Evidence in Recordkeeping”, afirma que es posible desarrollar diseños, implementaciones y normas de sistemas que garanticen la creación de evidencia de todas las transacciones (Bearman, 1994). El estudio de las correlaciones entre las buenas prácticas al crear registros y la protección contra el riesgo (dicho riesgo puede presentarse tanto por no te­ner determinados registros como por tener otros), puede ayudar a la organización a adoptar políticas de personal que aseguren garantía en la gestión. Publicitar los resultados positivos es una forma de presión que incrementaría la in­versión.



Identificar evidencia.




No es posible ver los registros electrónicos excepto bajo control del software, pero “la procedencia funcional de los registros puede ser explícitamente registrada como datos en el registro por el creador del registro o el propio sistema; im­plicitada en el diseño del sistema y revelada mediante análisis o por documentación que muestra las relaciones estructu­rales entre modelos de datos; o asegurada mediante enlaces a la actividad que los origina, que es representada como la fuente de los registros, o más exactamente mediante el conocimiento del path de la comunicación transaccional” (Bearman, 1992, p. 173). Cada uno de estos tres centros de información de la procedencia funcional (datos de conte­nido, datos de estructura y datos de contexto) proporcionan “documentación” de lo que el propio Bearman (1992) de­nomina como “historicidad evidencial” y a su identificación y control pueden ayudar los empleados individuales, el sistema administrativo y la tecnología subyacente.



Es una cuestión relevante de esta nueva postura estratégica el énfasis sobre la valoración y sobre el hecho de que el único criterio relevante de la valoración pudiera ser la función de los registros. Esto podría significar que no sería ne­cesario considerar el contenido de los registros a la hora de valorar y, de esta forma, no sería necesario “ver” el regis­tro durante el proceso de valoración (Bearman, 1994, p. 36). “Podemos decidir en abstracto si una función genera un registro que deberá ser retenido” (Bearman, 1995, p. 383). Los archiveros deberían centrar el proceso de valoración “sobre la función o competencia que produce los registros más que sobre los registros en sí mismos” (Dollar, 1992, p. 58).



De este modo, los procesos de valoración y selección no podrían desarrollarse sobre los documentos cuando estos son inactivos, cuando llegan a los archivos, ni siquiera cuando son registrados, sino antes de que sean creados.



El “dejar que sean otros los que seleccionen” es una estrategia que podría devenir del planteamiento de este obje­tivo, ya que la tecnología lo permitiría. Otras opciones estratégicas serían no seleccionar (mantenerlo todo) o aplicar a la selección las posibilidades de los metadatos.



Documentar actividad.




Si no es posible describir los registros mediante su análisis, produciendo una representación de los mismos, es necesario encontrar la manera en que los registros, o mejor dicho, las transacciones que representan, puedan “describirse a sí mismas”.



Los datos necesarios para la documentación archivística deberían venir impuestos por las necesidades de información para gestionar un archivo (necesidades funcionales de una aplicación de sistema archivístico) o por la información necesaria para asegurar la existencia de un registro (requerimientos funcionales para la gestión de documentos), no únicamente por las prácticas históricas (Bearman, 1995).



Es posible también desarrollar mecanismos, basados en objetos informativos encapsulados construidos mediante categorías etiquetadas (Vellucci, 1998), para identificar y salvar los datos necesarios para la documentación del contexto de creación en los sistemas de control archivístico. Esto podría querer decir que, aunque los registros siguieran siendo el foco de la descripción, no sería necesario que los archiveros se ocupasen de dicha descripción.

 


Mantener evidencia.




La conservación del documento electrónico significa asegurar la legibilidad y la inteligibilidad con el objeto de fa­cilitar el acceso futuro a los datos.



El hecho de que sea fundamental asegurar que los registros de continuo valor son cuidados e identificados como tales, no significa que otros no puedan hacerlo (Bearman, 1995). Los archiveros en lugar de gastar energía y recursos económicos en proporcionar cuidados para la custodia de los registros, se podrían concentrar en desarrollar normas para cuidar y controlar a los creadores de registros a los que les fuera permitido gestionar sus propios registros (Hedstrom, 1993).



El hecho de muchos registros electrónicos están siendo creados en entornos hardware y software dependientes significa que sus “vestigios” no pueden ser fácilmente expresados mediante una representación del conocimiento hardware y software independiente. No se trataría de perder dichos “vestigios”, se trataría de adoptar como principio que tales registros deberían migrar, en las agencias creadoras y entre sistemas, bajo el control de los creadores de re­gistros, con el fin de preservar, de la mejor forma posible, las más significativas transacciones, el mayor tiempo posi­ble (Taylor, 1993).



Bearman (1987) propuso, incluso, la conservación de hardware y software. No obstante, Rothenberg (1999) rechaza la realización de copias en papel, la conservación de hardware y software y la migración de los datos, para proponer, como la solución menos mala, desarrollar software de “emulación”, que permita reproducir las circunstancias exactas de contexto en que se produjeron las distintas generaciones de registros.



Una estrategia archivística podría ser hacer el mantenimiento de evidencia menos costosamente que las alternati­vas (Dollar, 1990). En este sentido, es clave la noción de que la preservación debe basarse en la idea de valor continuo, más que en la de valor permanente (Dollar, 1992). Cuando se acepta que los registros deben ser mantenidos como evidencia durante el periodo en que representan valor continuo, es razonable pensar que se deberían desarrollar po­líticas de disposición o expurgo basadas en la disminución de las necesidades de retención. Se trataría, en términos generales, de hacer menos necesarios a los registros. Incluso las necesidades legales de evidencia podrían ser satisfe­chas sin registros, dada la enorme cantidad de documentación secundaria que será creada (Reed, 1994).



Posibilitar uso.




Desde esta perspectiva, una cuestión esencial para el servicio de consulta archivística es diseñar un servicio de consulta orientado a la demanda, que satisfaga las expectativas de los investigadores y que difunda información re­gistrada, no únicamente documentos (Dollar, 1992). Un aspecto de esta estrategia debe ser el empeño en “transformar los archivos desde instituciones de depósito hacia estructuras de intermediación” (Bearman, 1989, p. 39).



La tecnología electrónica es muy beneficiosa respecto a esto, ya que hace posible la descripción a nivel de unidad (e incluso de elemento componente de unidad), y a un coste no demasiado alto. También puede ser beneficiosa con relación al control de acceso. Bearman (1996) propone utilizar metadatos, ya que los mismos metadatos podrán auto­controlar el uso del registro.



Por otra parte, centrarse en la evidencia ayuda a ver algunas tendencias sobre el uso que pueden representar valor añadido. Por ejemplo, si el objetivo es hacer la evidencia mas fácilmente disponible, es fundamental proporcionarla donde fuese necesaria. El uso global de los registros debería mantenerse donde pudiese ser facilitado, o pudiera estar disponible sobre las redes (Dollar, 1992). En este sentido, las capacidades tecnológicas actuales apuntan hacia la posi­bilidad de proporcionar los mismos registros, no representaciones, punteros o metadatos que informan sobre ellos. Los archivos podrían considerar el establecimiento de sitios ftp para servir los documentos electrónicamente a de­manda. Por otra parte, si es necesario multiplicar el uso, es importante establecer sistemas de información en línea sobre los fondos archivísticos.



Es necesario, no obstante, encontrar la forma de implementar estas ideas en el mundo real de los sistemas de in­formación y la tecnología de redes. Los archiveros deberían, por ejemplo, determinar las maneras de influir en las nor­mas tecnológicas que apoyan los sistemas de información. Esta influencia debería ejercitarse en la fase de diseño de siste­mas, con el fin de conseguir regular legislativamente las operaciones que tienen relación con la creación, el uso, la difusión y preservación de la información (Hedstrom y Wallace, 1999). Las normas ofrecen a los archiveros un medio para estipu­lar los criterios archivísticos a respetar en dichos diseños para los documentos electrónicos (criterios que serían, lo que Bearman «6» denomina “requerimientos”).

La aplicación tecnológica.




Es necesario encontrar la manera en que, mediante una valoración funcional apriorística, los registros puedan ser autodescritos y autogestionados por el propio sistema. Las aplicaciones desarrolladas hasta el momento, con mayor o menor éxito en su implementación, utilizan para ello modelos metadatos, regulados por las normas rigurosas aludi­das en el párrafo anterior, que pueden ser integrados en el sistema.



En mayo de 1996 la Information Management Standards and Practices División de los Archivos Nacionales de Canadá diseñó una estrategia denominada Electronic Work Environment (EWE). El modelo EWE requiere de las agencias la creación de registros que documenten adecuadamente sus actividades y la seguridad de que estos registros permane­cerán disponibles, comprensibles y utilizables mientras sean necesarios. Su principio básico es que: “la forma más efectiva de gestionar registros en el EWE es incorporar las necesidades del recordkeeping en los diseños de los procesos comerciales automatizados” (McDonald, 1997).



Fue desarrollado un prototipo para determinar el potencial de este modelo. El interfaz del prototipo ha sido dise­ñado con una serie de iconos que representan las actividades empresariales. Los registros son esencialmente clasifica­dos y sustancialmente autodescritos mediante la conexión a metadatos en el momento de la creación (incluyendo de­talles sobre sus funciones, actividad, uso, antecendentes, estatus, entorno software, organismo, permisos, retención y género o tipo (McDonald, 1997).



En 1996 vio la luz la primera norma nacional para la gestión de registros electrónicos en Australia (AS-4390). La norma recomienda una metodología para el diseño o rediseño de un sistema para la gestión de registros que incluya esquemas para el control de registros (registro, clasificación, indización y flujos de uso), decisiones de valoración para aquellos registros a capturar por el sistema, determinación de su valor a largo plazo para obtener programas de dis­posición y necesidades de almacenamiento para uso operativo y mantenimiento a largo plazo. Se han realizado es­fuerzos para desarrollar una norma internacional en este sentido por parte de la ISO (International Standards Organi­zation). Los Australian National Archives han adoptado explícitamente la metodología recomendada por la AS-4390 (AS4390, 1996) en su política para la gestión de registros electrónicos (Roberts, 1997).



El resultado ha sido el desarrollo del manual Designing and Implementing Recordkeeping Systems (DIRKS, 1999).



La metodología DIRKS es un proceso en ocho pasos que pueden usar las agencias para diseñar e implementar sis­temas de recordkeeping que cumplan con la norma AS 4390. Dicha metodología ayuda a las agencias a:



·                   comprender el contexto social, normativo y de negocio en el que operan (paso A);

·                   identificar sus necesidades para crear, controlar, recuperar y disponer de registros (es decir, sus necesida­des de recordkeeping) mediante un análisis de sus actividades de negocio y factores medioambientales (pasos B y C);

·                   evaluar hasta que punto las estrategias organizativas existentes (como políticas, procedimientos y prácticas) satisfacen sus necesidades de recordkeeping (paso D);

·                   rediseñar las estrategias existentes o diseñar nuevas estrategias para tratar necesidades insatisfechas (pasos E y F); e

·                   implementar, mantener y revisar estas estrategias (pasos G y H).



La metodología da lugar a varias herramientas prácticas que sostienen una eficaz gestión:



·                   cuadro de clasificación de competencias;

·                   tesauro de funciones;

·                   cuadros de disposición de registros basados en las funciones (específicos y generales);

·                   normas metadatos para el control y la recuperación de registros; y

·                   productos software para la gestión de registros.



En definitiva, la metodología DIRKS permite a las agencias productoras contribuir al diseño e implementación de sistemas mediante la concreción de las necesidades funcionales a incorporar a tales sistemas a través de un conjunto metadatos regulados por la Recordkeeping Metadata Standard for Commonwealth Agencies (versión 1.0) (RKMS, 1999).

La primera parte de esta norma explica el propósito y la importancia de aplicación del conjunto de metadatos normalizado y detalla el alcance y las características de la norma. Dichas características incluyen: flexibilidad de apli­cación; repetibilidad de los elementos de datos; extensibilidad para permitir la gestión de necesidades específicas; in­teroperatividad entre sistemas; compatibilidad con normas metadatos relacionadas, incluyendo la norma Australian Government Locator Service (AGLS), derivada de Dublin Core (DC, 2001); e interdependencia de los metadatos a nivel de sub-elementos.



La segunda parte proporciona una detallada descripción de los 20 elementos de datos (agente, gestión de dere­chos, título, materia, descripción, lengua, relación, cobertura, función, fecha, tipo, nivel de agrupación, formato, iden­tificador de registro, historia de gestión, historia de uso, historia de conservación, localización, disposición y autoriza­ción) y 65 sub-elementos definiéndolos en relación a su propósito y fundamentación. Para cada elemento y sub-ele­mento la norma proporciona indicación de su ámbito de aplicación, obligatoriedad, condiciones de uso, valores asig­nados y estructura aprobada.



Los elementos pueden ser divididos en seis categorías, o niveles (registro, términos y condiciones, estructura, contexto, contenido e historia de uso), que reflejan su función en la autenticación y la gestión a largo plazo de los re­gistros y que coinciden con el modelo de referencia metadata desarrollado por la Universidad de Pittsburgh como parte de sus Functional Requirements for Evidence in Recordkeeping.



Muchas de las aplicaciones (o proyectos de aplicaciones) desarrolladas hasta el momento podrían enmarcarse en una estrategia global que estaría muy relacionada con lo que Bearman (1995) denomina “imponer requerimientos funcionales para el recordkeeping”. Efectivamente, en el marco del Electronic Records Project de la Universidad de Pittsburgh, dirigido por Bearman, y concluido en 1996 (PERP, 2001), fueron definidos los ya citados “Functional Requi­rements for Evidence in Recordkeeping”, que pueden ser traducidos a especificaciones formales para sistemas de gestión de documentos.



Traducción de los Functional Requirements for Evidence in Recordkeeping del proyecto de la Universidad de Pittsburgh
 







































Estas especificaciones son satisfechas por metadatos concretos introducidos en y mantenidos por los sistemas, y son asignados a o conectados a los registros (Bantin, 1998). La especificación de estos requerimientos funcionales, expresada en “reglas de producción” o definiciones lógicas de atributos simples observables, concreta veinte propie­dades que han sido identificadas en la sociedad como propiedades fundamentales de los registros.



Parte de las reglas de producción del Pittsburgh Electronic Record Project de la Universidad de Pittsburgh, que "traducen" las necesidades funcionales utilizando SGML (PERP, 2000)
 





















































Las características necesarias y suficientes para los datos que pretenden ser registros se concretan en un conjunto de metadatos que, cuando están presentes, satisfacen la especificación. Si estos metadatos están indisolublemente co­nectados a, y retenidos con, los datos asociados con cada transacción administrativa, estará garantizado que el objeto de datos será utilizable con el tiempo, accesible sólo bajo los términos y condiciones establecidas por sus creadores, y tendrá las propiedades requeridas para ser considerado como evidencia (Bearman, 1996).



Para implementar los requerimientos funcionales es necesaria una norma técnica rigurosa. En este proyecto se de­sarrolló dicha norma y se denominó “Reference Model for Business Acceptable Communications” (abreviada como BAC). Este modelo de referencia intenta regular los requerimientos a través de una estructura general de objetos metadata encapsulados (metadata encapsulated objects –MEO-), que corresponderían al modelo de metadatos incrustados consi­derado por Weibel (1997), agrupando estas categorías de metadatos y elementos para conseguir modularidad funcio­nal y organizándolos en los seis niveles cluster anteriormente citados, que permiten desarrollar el proceso técnico (PERP, 2001).

Especificaciones metadata de la Universidad de Pittsburgh, derivadas de las necesidades funcionales y reguladas por la norma BAC (PERP, 2000)
 





















































Cuando un usuario genera una "Business Acceptable Communication", consistente en contenido encapsulado por to­dos los metadatos necesarios para asegurar su integridad y longevidad, el registro es separado del entorno de aplica­ción del sistema y enviado a un sistema de recordkeeping independiente o a un nivel de Application Platform Interface de servicio de recordkeeping donde sería mantenido intacto. Esto significa que los diseñadores del sistema necesitan construir "detectores" con los que capturar los resultados de las transacciones administrativas junto a los metadatos necesarios para "asegurar la evidencia".



Es posible desarrollar sistemas para la captura "automática" de registros. Como en el caso del entorno EWE comentado, se trataría de proporcionar mediante el interfaz de usuario iconos que representen las tareas administrativas, basados en modelos de procesos de datos y reglas administrativas de la organización, en lugar de iconos que representen a las aplicaciones software. La selección por parte del usuario de tareas asignaría metadatos a los objetos creados por la aplicación.



Para salvar los registros de un sistema propietario y para capturar todos los metadatos relevantes, Bearman (1996) propone utilizar una norma de aceptación general como SGML (Standard Generalized Markup Language) y el desarrollo de una DTD (Document Type Definition) que refleje la estructura general de objetos metadata encapsulados que pre­senta el Reference Model for Business Acceptable Communications. Basar la estructuración lógica de este modelo en una DTD SGML, es una elección adecuada, ya que la norma puede ser referenciada en los metadatos, de manera que el contenido de los datos puede ser accesible conociendo la norma. Esta opción presenta una doble ventaja, consistencia de las definiciones y facilidad para la “migrabilidad”.